viernes, 21 de septiembre de 2007

ECUADOR: Jorge Enrique Adoum (1926)


ADOUM Jorge Enrique (Ambato, Ecuador, 1926). Fue secretario personal de Pablo Neruda. Ha vivido en Europa, el Cercano y el Extremo Oriente. Su obra poética está reunida en Los cuadernos de la Tierra, Informe personal sobre la situación, No son todos los que están, El tiempo y las palabras, El amor desenterrado y otros poemas y ...ni están todos los que son. Ha publicado dos obras de teatro, El sol bajo las patas de los caballos (traducida a cinco lenguas) y La subida a los infiernos (a tres). Su novela Entre Marx y una mujer desnuda (traducida al francés) le valió el Premio Xavier Villaurrutia de México, donde se publicó también Ciudad sin ángel. Ha recibido el Premio Nacional de Cultura Eugenio Espejo, de Ecuador, por el conjunto de su obra. Sus libros más recientes son Los amores fugaces , Ecuador: señas particulares y De cerca y de memoria (lecturas, autores, lugares). La Casa de la Cultura Ecuatoriana publicó su obra completa en seis sendos volúmenes.

-¿Cuáles son los tres títulos de la literatura universal a los que se acerca constantemente a releerlos?

La Biblia, El Quijote, En busca del tiempo perdido. En ellos, particularmente en el primero, encuentro el gozo de la palabra, es decir de la poesía, y la narración precisa de parábolas, fábulas, mitos, momentos de la historia o la leyenda, la gran epopeya del género humano o la pequeñita individual y cotidiana. Y en ellos las más altas lecciones sobre la maldición o condena de escribir.

-¿Qué haría por obtener un ejemplar de la primera edición de algún libro famoso de la literatura y Cuál sería ese título?

—No haría nada por ninguno. Tuve en mis manos ejemplares de ediciones príncipe de Góngora y de Quevedo, en la biblioteca de Neruda. Para no defraudar a nadie con mi falta de emoción debí imaginar que sus autores los habían tocado, lo cual era improbable y hasta imposible, a diferencia de lo que sucede con la tela original de un cuadro. Tengo algunas primeras ediciones, que aprecio por ser regalo de alguien, aunque en alguno de esos ejemplares hay constancia del roce de la mano en la firma de su autor. No soy coleccionista ni comerciante. Además, mi relación con el libro es apasionada: dejo en él huellas de mi entusiasmo o de mi desacuerdo, y eso no sería posible con reliquias bibliográficas.

-¿En qué libro ha encontrado su definición de «Vida»?

—Dado que no concibo la «vida», en abstracto, como una sola, semejante o válida para todos, sino en su diversidad que la convierte en un concepto casi individual, tendría que ser La vida, instrucciones para el uso, de Georges Perec. La novela, voluminosa, transcurre en un edificio habitado por diferentes personajes, de modo que hay una historia distinta en cada habitación o departamento. Quizás la suma de su modo de ser, de sus experiencias, de esas «instrucciones para el uso», lleguen a constituir una parte de ese concepto en su dimensión cotidiana, no forzosamente heroica ni excepcional ni ejemplar, sino modestamente humana.

¿Qué historia de amor de la literatura le hubiera gustado vivir?

—Creo que ninguna. El amor en los libros es, tiene que ser, imposible, trágico, pasajero, sin segunda vez, para que no se despeñe, por la cotidianidad, en lo doméstico: lo extraordinario no puede convertirse en rutina. Decía yo, en el prólogo a Los amores fugaces, que en esas historias el amor es «lo que no fue» —señalando, de paso, la fuerza de esa frase formada por cuatro palabras ninguna de las cuales significa, por sí misma, nada—, porque si hubiera sido, no se habrían escrito. De ahí que me habría gustado vivir una historia de amor no escrita todavía: por ejemplo, la que Emma Bovary no conoció ni con su marido ni con sus amantes.

¿Qué obra de la literatura le gustaría ver en el cine?

—Pensando en lo que logró Visconti —hacer que pasara al cine no solo la anécdota sino también la literatura—con Muerte en Venecia y El Gatopardo..., me habría gustado que hubiera podido realizar lo que concibió para El mundo de Guermantes, de Proust, con el reparto que dio a conocer su guionista: Silvana Mangano como la Duquesa de Guermantes; Alain Delon, el narrador; Helmut Berger como Morel; Marlon Brando como Charlus; Simone Signoret como Françoise; Edwige Feuillère como Madame Verdurin y Greta Garbo en un brillante y misterioso retorno como Reina de Nápoles. O, también, Bajo el volcán, traducida al cine por Luis Buñuel, el único realizador capaz de entrar en la oscuridad profunda de esa vida malbaratada y, a la larga, inútil.

¿Con qué autor de la literatura le hubiera gustado conversar y compartir en una velada bohemia?

—Con Blaise Cendrars, por oírle hablar de sus innumerables viajes, la aventura de sus visiones insólitas, las imágenes de aventuras posibles, los «fenómenos alternos del inconsciente», la experiencia de diversos oficios y encuentros, todo ello superpuesto a su renovación audaz de la narración poética... Claro que al concepto habitual de «bohemia» mejor se adapta Charles Baudelaire, con su entrega al consumo de drogas y excitantes, celebrando la belleza «tenebrosa» de Jeanne Duval, la «Venus negra», el amor místico de Marie Daubrun y, luego, el de Madame Sabatier, «el Angel de la Guarda, la Musa y la Madona», si, en lugar de sucesivas, hubieran sido simultáneas..., solamente en una velada.

¿A qué autor de la literatura universal considera injustamente olvidado?

—En primer lugar, Aragon. Fue, con Eluard, uno de los fundadores del surrealismo. Luego adhirió, dándole una calidad que no tenía, al realismo socialista. Poeta de inagotable elegancia y diversidad —El loco de Elsa...—fue también magnífico novelista —La Semana Santa—, ensayista —Blanche ou l'oubli—, periodista —fundó y dirigió Lettres Françaises—, adhirió a la España Republicana, militó en la Resistencia francesa, escribió una larga Elegía a Pablo Neruda a raíz de un terremoto en Chile, los mejores cantantes de Francia basaron su carrera y su éxito en sus textos y poemas. En Mayo del 68, los estudiantes lo echaron del patio de la Sorbona... y tengo la impresión de que ya nadie lo lee. Algo similar ha sucedido con Sartre, desde el día siguiente al de su entierro: solo se ve su nombre, a veces, en los escritos sobre filosofía, olvidado ya el dramaturgo, cuentista y novelista.

¿A qué autor de la literatura universal considera sobre valorado por la crítica y el tiempo?

—A Gabriela Mistral. Debe reconocerse en ella un sufrimiento que la vida volvió constante y una inmensa ternura hacia los niños y los desheredados, que se advierten en su poesía. De su seudónimo cabe deducir una admiración por Gabriel D'Anunzio y Federico Mistral, aunque en su obra es más clara la presencia de Darío. Cuando se le acordó el Premio Nobel, el primero a un latinoamericano, en 1945, pensamos que había entonces otros que lo merecían más que ella: Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes —dos de los escritores y humanistas más preclaros de América—, incluso su compatriota Pablo Neruda. En una visita a la Academia Sueca me enteré de que aquel año el Nobel estaba ya atribuido a Paul Valéry, quien murió poco antes de la proclamación del premio, y Gabriela Mistral era el otro candidato, propuesta por una dama de Guayaquil cuyo nombre no he logrado averiguar.

¿Qué personaje de la literatura le hubiera gustado que existiera, efectivamente?

—Cyrano de Bergerac, no el ensayista, filósofo, militar audaz, autor de comedias y de las deliciosas Historia cómica de los Estados e Imperios de la Luna y de los Estados e Imperios del Sol, escéptico y libertino, muerto a los 36 años en 1655, sino el personaje creado por Edmond Rostand doscientos años después. De corazón generoso y espíritu brillante, poeta y guerrero, apasionado como ningún otro personaje de la literatura o de la vida por la verdad, renuncia a su amor a la bella Roxana por la amistad hacia el joven Christian de Neuvillette. Me habría gustado que existiera realmente por su nobleza, su generosidad, su valor y valentía, su capacidad de sacrificio, su sentido de la amistad, su desprecio de la falsedad y la mentira.

¿En qué personaje de la literatura se ha visto reflejado en virtudes y defectos?

—En Bruno Salerno, de mi Ciudad sin ángel, puesto que se parece a mí Si no se es extraordinariamente bueno o malo, resulta difícil encontrar en la literatura a alguien con quien identificarse o en el que uno se vea reflejado. Por lo general, los personajes literarios son arquetípicos, inventados (precisamente como Cyrano...), y uno es, en cambio, modestamente humano.

¿Cuáles son las cinco palabras que utiliza con obsesión en su literatura?

—Mucho agradecería que alguien me las mostrara, para suprimirlas de mi vocabulario escrito o, por lo menos, buscarles sinónimos. Porque si son obsesivas, se supone que aparecen a cada instante, que se repiten más de lo conveniente, «obsesivamente», y eso va contra la manera correcta de escribir.

¿Con qué está comprometida su literatura?

—Con la literatura. Desde hace mucho viene empleándose la palabra «compromiso» entendida exclusivamente como un compromiso político, y exclusivamente con un solo tipo de compromiso: ya he señalado cómo nadie diría de D'Anunzio que era un autor «comprometido» con el fascismo, ni de Claudel con sus odas al gobierno de Vichy, colaboracionista con el nazismo; no, el término calificaba solamente a quienes dejaron constancia expresa de su adhesión a otras causas, como la del socialismo. Es verdad que, en muchos casos, lo que tenían que decir preocupaba a esos autores más que la forma en que lo decían, pero la historia de la literatura está llena de nombres de poetas que supieron aunar a la dignidad de su actitud política la altura de su escritura. De todas las obligaciones que debe cumplir un escritor, la primera, insoslayable, es la que tiene con la literatura.

¿Cómo sería su vida sin la literatura?
—Inconcebible, inimaginable.